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La Carta Apostólica del Papa Francisco a los consagrados

Fue el día 29 de noviembre de 2013, cuando al terminar el encuentro con un grupo de 120 superiores generales, el Papa Francisco anunció que, en el contexto del cincuentenario de la clausura del Concilio Vaticano II, deseaba que el año 2015 fuera dedicado a la vida consagrada. Este año, pocos días antes de comenzar este peculiar tiempo eclesial de esperanza y alegría que es el tiempo litúrgico de Adviento, el Papa Francisco ha querido regalar a los miembros de los numerosos Institutos de Vida Consagrada y Sociedades de Vida Apostólica una bella y sugerente carta firmada en Roma el 21 de noviembre de 2014, en la fiesta de la Presentación de María, en la que declara abierto el Año de la Vida Consagrada.

En esta Carta Apostólica, el Papa expresa los objetivos, expectativas y horizontes para vivir durante este tiempo de gracia –Año de la Vida Consagrada– que irá desde el primer domingo de Adviento hasta la fiesta de la Presentación del Señor de 2016. Para el Papa, es un objetivo prioritario de la vida consagrada situar la mirada, de manera firme, decidida y esperanzada, en el futuro, para que el Espíritu Santo impulse a los religiosos y religiosas de todo el mundo a hacer, con alegría, cosas grandes. Por un lado el Papa Francisco pide a los consagrados mirar su pasado histórico con alegría y agradecimiento, para mantener viva la propia identidad y carisma en una experiencia de memoria grata, a la vez que los exhorta a vivir los momentos presentes con pasión, sin perder nunca la dimensión profética de la vida religiosa, esforzándose por dejarse golpear por la fuerza del Evangelio, poniendola en práctica con fe y alegría bajo la guía del Espíritu.

También el Papa Francisco, en su Carta Apostólica, pide a los religiosos el abrazar el futuro incierto con aquella esperanza que no defrauda y que, al mismo tiempo, permite a los religiosos y religiosas  seguir haciendo cosas grandes sin caer en la tentación de fijarse en el número y en la eficacia. Particularmente el papa Francisco se dirige a los jóvenes religiosos y les pide que aporten a la vida consagrada frescura e ilusión desde una vivencia radical, y generosa, de la opción de vida consagrada puesta al servicio del Reino. image-23e8698e8ae7a5e9b38aadf6afaa6bd1En su carta a los religiosos, el papa Francisco se muestra enamorado de la vida consagrada y muy entusiasta de la alegría que predicó el santo que escogió el Papa como nombre: Francisco de Asís, un santo que todas las fuentes franciscanas coinciden en indicar que de natural era alegre, y que se mostró alegre incluso en las adversidades y contratiempos. La alegría del corazón, tan atada a su modo de ser,  impregnó el franciscanismo primitivo, y este comportamiento es el que el Papa quisiera para los religiosos de nuestros días: ser testigos y propagadores de la sencillez y de la alegría del Evangelio.

En la Carta Apostólica, además de los objetivos ahora mencionados, el Santo Padre esboza también una serie de horizontes y expectativas. En primer lugar desea que en este Año de la Vida consagrada, los religiosos se esfuercen para despertar al mundo – «in questo Anno vogliono svegliare il mondo» – de tal modo que también los laicos se animen a compartir los ideales, el espíritu y la misión de los Institutos religiosos con quienes colaboran o mantienen alguna relación. También el Papa quiere que se llegue a tomar conciencia de que la vida religiosa es una gracia que afecta al cuerpo eclesial, y que hay que favorecer el diálogo intermonástico con las grandes tradiciones religiosas, y espera de los obispos que se muestren en todo momento agradecidos y acogedores con la vida consagrada, verdadero don de la Iglesia, que nace en la Iglesia y que es para la Iglesia.

A lo largo del texto de su Carta Apostólica, el Papa Francisco expresa sus expectativas, indica lo que espera de la vida religiosa. En primer lugar, el Papa quiere que en todo el mundo los religiosos sean los mensajeros y testigos de la alegría, viviendo con alegría y radicalidad su vocación, de tal manera que la audacia de los religiosos vivida con radicalidad en su vocación, mantenga vivas las utopías. El Papa Francisco quiere que los religiosos sean «expertos» en comunión a través de la vivencia coherente de los ideales de la fraternidad, y que también los miembros de los Institutos religiosos y Sociedades de Vida Apostólica se hagan presentes en las periferias donde están los pobres y los excluidos. El Papa Francisco en su carta expresa, además, el deseo de que sería conveniente que los monasterios y casas religiosas se conviertan en lugares de acogida, especialmente para los que buscan una vida espiritual más intensa.

En esta estimulante Carta Apostólica, el Papa Francisco recuerda que «la vida consagrada está llamada a encarnar la Buena Nueva a través del seguimiento de Cristo, muerto y resucitado» y exhorta a asimilar la forma de ser y de actuar de Cristo, a fin de poder ser, a semejanza de Cristo, presencia del Reino y luz del mundo. Todos los objetivos y las propuestas del Papa Francisco que encontramos en el cuerpo de esta Carta Apostólica deberán «despertar» y  orientar a la diversidad de miembros de los Institutos de Vida Consagrada y Sociedades de Vida Apostólica a vivir intensamente, y en comunión eclesial, este Año de la Vida Consagrada, que sea realmente un tiempo de conversión y de gracia, tal como lo ha sugerido también, recientemente, el cardenal De Aviz: «La vida consagrada es signo de los bienes futuros en la ciudad humana, en éxodo a lo largo de los senderos de la historia, por lo que acepta medirse con certezas provisionales, con situaciones nuevas, en busca del rostro de Dios, a fin de vivir el amor por el Reino con fidelidad creativa y con pronta laboriosidad. Es un camino que pide una obediencia y una confianza radicales, a las que sólo la fe permite acceder y que sólo en la fe es posible renovar y consolidar».

La lectura asimilada de esta Carta Apostólica, ciertamente, debe ayudar a los religiosos, y de paso a la Iglesia entera, a saber mirar acertadamente hacia los horizontes que el Espíritu sugiera, esforzándose por alcanzar cosas grandes a través del discernimiento de señales pequeñas y frágiles, y poniendo en juego los recursos débiles con fe y confianza. En efecto, de la lectura del texto papal se desprende la convicción de que la vida consagrada, nutrida por la esperanza de la promesa, hoy se siente llamada a proseguir el camino de la consagración sin dejarse condicionar por lo que se deja atrás, según la indicación del apóstol: «Hermanos, yo no pienso que lo haya conseguido; pero una cosa hago, olvidando lo que dejo atrás y lanzándome hacia las cosas que tengo delante, sigo corriendo hacia la meta, al premio de la vocación de Dios en Cristo Jesús» (Fl 3,13-14), dispuestos siempre a mirar más allá del presente.

El texto de esta Carta Apostólica, en clara conexión con la exhortación apostólica Evangelii gaudium del 24 noviembre de 2013, nos invita a dejarnos llevar por el Espíritu, renunciando a calcular y controlarlo todo, y a permitir que el Espíritu Santo nos ilumine, nos guíe, nos oriente y nos empuje donde Él quiera. Esta carta papal deberá ayudarnos, sobre todo, a reencontrar la fecundidad de la vida consagrada no sólo en el testimonio a favor de la bondad y del bien, sino también en la solidaridad de los gestos compartidos que acogen y curan, por cuanto es en los límites de la debilidad humana donde los religiosos están llamados a vivir la conformidad con Cristo, caminando, día a día, a la luz de los signos de Dios, perseverando en la sequela Christi, mientras experimentamos la alegría y renovamos el entusiasmo del  primer encuentro –el día que fuimos llamados– con Aquel que es el centro de toda vida consagrada.

Cabe señalar que, al comenzar su Carta Apostólica, el Santo Padre, al dirigirse a los Institutos de Vida Consagrada y Sociedades de Vida Apostólica, manifiesta de antemano que lo hace desde su condición religiosa, miembro de la Compañía de Jesús: «hermano vuestro, consagrado a Dios como vosotros», poniendo de manifiesto el gran don de poder ser los religiosos apóstoles de la alegría y, a la vez, testigos en el mundo del amor y misericordia de Dios, y encomienda este reto y misión de los religiosos a la Virgen, modelo de la escucha silenciosa, gozosa y contemplativa de la Divina Palabra, tal como ya lo puso de relieve en la conclusión de la exhortación apostólica Evangelii gaudium: «Salve María, Mujer de la alianza nueva, la llamamos bienaventurada porque ha creído y ha sabido reconocer las huellas del Espíritu de Dios en los grandes eventos ¡y también en aquellos que parecen imperceptibles!»

A la Virgen, Madre de la Iglesia, le pedimos, de corazón, que haga fructificar todos los objetivos, las propuestas y los horizontes que el Papa Francisco nos ha presentado a lo largo de esta Carta Apostólica y que, en clara armonía de pensamiento con la ya mencionada exhortación Evangelii gaudium, pide a los religiosos el compromiso de construir una espiritualidad, como un arte de la investigación, que ofrezca perspectivas inéditas al sentir en la vida la potencia del Evangelio, que hemos de experimentar como salvación y alegría.

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Fray Valentí Serra

capuchino, archivero provincial de los capuchinos

y director de la Biblioteca Hispano-Capuchina

  • 10 noviembre 2014
  • Fra Valentí Serra
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